El hombre que susurraba a los homínidos

Últimamente estoy más poco hablador como lo suelo estar de costumbre. No se, hablar por hablar sin nada que contar es tontería la verdad.

Los fines de semanas son intensos pero entre semana la cosa se calma y el contador de anécdotas se pone a 0. Como mucho lo más heavy que me pasa es que deje apuntes y no me los devuelvan cuando me dicen (tonto de mí de dejarlos), o cosas similares con respecto a analizar que de 4 chicas en mi clase de la universidad, 3 ya estén liadas con su compañero de al lado.

Está claro que en un sitio donde el 90% de personas concurrentes sean tíos, da igual que seas fea, arisca o la mismísima novia del diablo. Te tocaran 9 tíos dispuestos a aguantarte.

Desde la zona que yo me suelo poner en clase, sobre la primera fila del pasillo de atrás, todo se ve divinamente. Se analiza lo que se pone en la pizarra sin problemas de cabezones, no tienes a nadie directamente delante tuya, tienes hueco para estirar las piernas y hueco de sillas para estar como pedro por tu casa, al ponerse el 90% de los frikis que campean allí, en la zona delantera.

Y así, todos los días, me tiro entre analizando, marujeando y copiando apuntes todo los días. Luego sales de allí, y para la casa. Siesta de rigor, lectura de apuntes y poco más.

La verdad que entre semana, estoy muy tranquilo. Hago lo que quiero, salgo cuando quiero y quedo con quien quiero. La ventaja de ser soltero.

Rutina, como tendréis todos…

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